Un verano no queda oficialmente inaugurado en la famila Ruiz-Navarro hasta que no se cogen todos los bártulo (cremita, silla de playa, sombrilla, toalla, traje de bucear, gafas y tubo, libro, revista, pinzas de depilar...) y montamos campamento en uno de los acantilados de Maro, comunmente conocidos como "El Cañuelo" (es como cuando en vez de pedir un yogurt vas y dices "un Danone").
El 19 de junio, los tres clásicos (mi hermanica, mi cuñaillo y yo) nos adentramos en la "Cala de El Pino". Prendíamos llegar "trempanito", pero al final la bajada fue a las 11. Un paseito motivante admirando el entorno y ¡llegada!
Y... ¡sorpresa! Nuestras amigas las medusas habían tenido el mismo plan que nosotros.
La pregunta era bien clara "¿y ahóra qué hacemos?"
Nos lamimos las heridas durante un ratico, el suficiente como para que el calor hiciese efecto en nuestro cuerpo y cruzamos la línea de combate.
Mi cuñao se puso el traje (no me digáis que no está mono) y se adentró en las cristalinas aguas.
Como ya marca la tradición, después de su primera ruta, me sacó de paseo como se hace con los perricos, para que pudiese contemplar el maravillos mundo submarino. Aprendí el nombre nuevo de un pez, pero ya no recuerdo su nombre...
Cuando la playa se llenó, nos marchamos a casica con la promesa de volver pronto, pero esta vez con dos sombrillas, dos sillas y una nevera llena de comida.
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